Allí
comprendí que tanto su alma como la mía dejarían de complementarse la una con
la otra. Me dio un beso frío, labios rotos y abandonados a la niebla del día, se
alejaba entre la multitud grasienta de Transmilenio y se formó en mi pecho un
fuerte vacío, un vacío con forma. Subir las empinadas y ocres escaleras que conducen al barrio La Macarena con el peso que produce el
vacío no es para nada agradable.
"Algo me oprime el pecho, es ella lo sé."
La
luz se desangraba suavemente por los toscos espacios que dan las cortinas, el
calor del día se filtraba por mi cara y marcaba el inicio del día. Los sonidos
de un sórdido piano esfumaron el letargo físico que produce la mañana. Levanté
la cabeza con suavidad para darme cuenta que una sexy y desnuda mujer con forma
de soledad, sentada al frente del piano (¿Piano? ¿En mi habitación?)
Interpretaba las notas que me aturdían esa mañana, no tardé en descubrir que
era mi más oscuro demonio.
-¿Qué
haces aquí? ¿Por qué otra vez, soledad?
-Ya
lo sabes, estamos condenados tú y yo.
-Pero…
Pero….
-No
te hagas, sabes que ella se aburre de ti, sabes que por más que me niegues
somos uno. Sabes que no eres eterno en el alma de ella.
Bogotá,
ciudad gris, ciudad de pecados, ciudad de smog y ballenas gigantes retumbando
sobre el asfalto la inevitable sonrisa
hipócrita de sus habitantes.
La
ruta de siempre, Fontibón-Germania, expedía un humo triste y melancólico que
cubría la calle 26. Una ciudad grisáceamente perfecta, monótona pero poética
donde se desarrollaban las más inútiles formas de existencia, donde los hijos
del suburbio deambulaban pintando los pisos y paredes de una ciudad en el
cielo, que pedía a gritos liberarse.
Como
siempre midiendo mi tiempo con canciones, pasa 1, pasan 2, pasan 3 y no hago
más que fulminar mis pensamientos con las palabras que recibí ésta mañana,
¡Claro que sí! Sabía que todo se iba esfumando, que las palabras de esa (Puta)
soledad eran más reales que yo. Que la mujer a la que había dedicado mis pasos
durante los últimos meses iba cayendo en el abismo de la muerte, muerte
bogotana, muerte de mi amor. Cerré los ojos e intenté mantener en la palma de
mi mano el mayor número de recuerdos bonitos. Sentí la calida sombra del
recuerdo por mi mente, como subía desde la punta de los dedos y abrazaba con
fervor las neuronas que me componen. Pasamos tanto tiempo dibujando la carrera
séptima a nuestros pies que su olor se había impregnado en las materas que
humanizan éste corredor vial, corredor del destino. Aquellos sábados de sol y
bancas, charlas y jugos, gente y globos. Hombres de calle que partían la ciudad
a sus espaldas, donde su frontera llega a la calle 72, prohibido el paso, usted
no existe, jugaras a ser humano y perderás. Desechables han sido marcados ya.
Lunes y viernes del parque de una supuesta independencia, las bajadas desde la
macarena, lugar de subidas vertiginosas, ladrillos con forma desgastada y su
plaza aburrida, ¡lindo lugar!. Su oreja en mi panza, sintiendo esos
pterodactilos que consumían cada mal sentimiento, esos ojos cafés amargo, cafés
penetrantes y funambulistas.
La
ciudad se oxidaba a mi alrededor, todos sus selváticos edificios de papel, de
muerte triste de soledad criminal amenazaban con caer encima de mis desgracias.
Vivía una especie de pelea interna con la soledad donde Bogotá era un acuario
gigante, el campo de juego donde las manos danzan y los pies se camuflan ante
un sin numero de zapatos de charol,
corbatas y aparatejos de 4 ruedas con forma de ballena. Su vacío me llenaba, me
llené tanto de su ausencia que mi ser quedó con ella.
La
universidad emanaba una especie de dulce calma, todos aquellos universitarios
que callan en paredes, blancas negruras de nuestras condolencias que como
bogotanos nos tocó padecer.
- No te opongas, sabes que vives
en sus recuerdos, ya no eres tú, eres ella.
- ¿Otra vez tú? ¡Déjame en paz¡
- le dije con un tono triste, pero más feliz que los demás, estaba sentada a mi
lado, esta vez con forma de ángel de la muerte en un vestido verde oscuro, en
los balcones que componen el ala sur, ala de mis sueños, ala de cristal
- En esta ciudad, tu campo de
juego, tu agonía. Sabes que estás hecho solo para mí, las calles te gritan eso,
por más que me niegues con tus patéticas escrituras en las paredes, sillas y
mentes, sabes que acabaras en una cama haciéndome el amor.
Opté
por no ponerle atención, enredarme los audífonos en mis cabellos crespos y
componer la maldita dulzura de una tortuga gigante y muy sabia que deleitaba
mis sentidos, tortuga solitaria que Michael Ende supo componer en su más grande
historia interminable, Vetusta Morla. Sabía que eso la alejaría un tiempo.
Me
gustaba soñar con Freddy Mercury, Jhon Lennon y Kurt Cobain(Mis amigos, como siempre mofándose de esto). Me pedían a gritos
que los sacara de mis sueños, que vivían placidamente en el asteroide B-612, un
lugar como Bogotá, un lugar pintado de otro color, un lugar hecho con tizas de
amor, un lugar donde la música viaja en el aire y delimita las fronteras de
placer que solo me dan los viajes en los que me aventuro dentro de mí.
La
candelaria, con sus teatros, arlequines soñadores y bellezas coloniales daba la
antesala para las lluvias que se vendrían sobre la ciudad, una nube se tragaba la
tan inmensa Bogotá y desde los lejanos rincones de la Luis Ángel Arango, el burdel
de lucho, donde las más putas poesías se apoderaban de hombres y mujeres
echados a la melancolía como yo. Arañas recorriendo mi hombro izquierdo y
dibujando la biología de mí ser, de mi alma, mis 21 gramos .Los recuerdos no se hacen esperar y se deslizan sobre mí como si aún estuviera en el vientre de mi madre, cálidos y húmedos; pensamientos deshilachan mis barbas y masacran el tiempo haciéndose perdurables por eternidades finitas en mi subconsciente inconsciente sin consciencia.Y aparezco allí, sentado, allí donde solíamos gritar.
Decidí aceptar esa oscura profecía que se cierne sobre mis cabellos, aquella que gritan los suelos que ando, aquella que como cangrejos se introducen succionando mi cabeza, mi mente, mis pensamientos.
Me alejo dejando una estela de paz interior sobre el césped,arrancando las fantasmagóricas caras de los aturdidos transeúntes con sonrisas que a sus ojos no son más que la locura y desfachatez de los que no desean ser el perro del gato capitalista.
Sé que esa puta(Mi puta) volverá, volverá a tocar el piano, a joderme hasta el fin del mundo. Me pierdo en los dedos de alguien con olores penetrantes pues nos alzaron en brazos, descubrimos planetas, nos creímos tan fuertes como héroes de guerra.
SEBASTIÁN VÉLEZ APONTE.
Déjeme aferrarme a sus letras compañero de crespos salvajes y de barbas revueltas; le cuento que fluí con el relato y me deslice entre sus vivencias...
ResponderEliminarGracias muchas gracias.