Una noche más pasaba, los gritos grises de LA CIUDAD se
intentaban apagar de nuevo, amanecía un miércoles que parecería ser la cima de
la semana, la mitad de la gloria. Pequeñas gotas que se convirtieron en un ejército
estrepitoso de lluvia escupían sobre las
calles el aroma del jazz, cumbia y
ritmos colombianos. Mi salida de la
universidad hacia el teatro de los sueños fue algo agitada, pues nada se
compara a la dualidad que provoca el ir perdiendo el semestre con la sabrosura
del calor que emana un contrabajo, unos tambores y las vibraciones de los
bigotes de la señora guitarra. Me dispuse a bajar el barrio la macarena, donde
está localizada mi universidad, “a toda mecha” y asesinar la distancia ante las
inmensas casi 15 cuadras que me separaban de oniria. Corrían suavemente las 4
de la tardecita y después de ser bendecido hídricamente por el padre cielo, me
introduje en los ojos de la única persona con la que quisiera estar en este
día, la chica de medias rojas y camisa de ratona con queso holandés. MARÍA DAME
UN BESO, le dije y sus labios mordieron mis dientes y susurraron al viento
acordes de bolero: SABOR A MI.
Entramos. Por fin, las
luces parecían desvanecerse en un impresionante destello armonioso en el cual
todo el mundo se había confabulado para
hacer de la televisión y radió pública
la perfecta receta para los miércoles
lluviosos. La noche empezó antes de los esperando, las 7 pm gritaban de celos
pues a su antecesor, las 6, habían elegido para abrir el mundo de la música a
nuestros sentidos. Un grupo de 9 seres aparecieron en escenario y voltearon
todo. Por un momento me olvide de la universidad, del calvo profesor que me
sentencio a repetir geología, de los transmilenios y
aquellos blackberrilleros que atacan a cada centímetro cuadrado. Solo
estaba María, agarrada a mis brazos y yo, agarrado al sombrero de aquella
tienda que todos cantan. No hay nada que envidiarle al resto del mundo, se sabe
que en Colombia los ritmos nacen con amor y pasión, se podría decir que el jazz
se invento en estas cordilleras donde la única escapatoria de los problemas que como colombianos nos
toco padecer es la música, sí, esa que
suena en lo más hondo de las vertebras, de los insectos y plantas de cada
humano, la conexión con la pacha-mama. Una de las mejores muestras artísticas que
he presenciado a mis 20 años de existencia, esencia. Qué importaba que bailara
mal, que tuviera el mal sabor del rolo, si venía del corazón del HURACÁN, qué
importa si los coros en un francés paupérrimo inundaran el lugar, pues venían
del alma, del vibrato que causa el mesié.
Los hilos crespos que componen mi cabello flotaban
cansados de tanto danzar e impregnaban el aire de santísimas sensaciones. María
me dio un beso y agradeció con un abrazo el momento, el haber amado esa noche, yo le respondo y sé que esto no hubiese sido perfecto sin ella.
Todo acabo, quedaron fotografías plasmadas en el aparatejo al que llamo
teléfono celular.
La noche se agrieta, la chica de medias rojas: María, y
yo, de cabello semi húmedo y chaqueta azul nos alejamos dibujando la carrera
séptima a nuestros pies, las palabras nos inundan y envuelven nuestras manos en enmarañadas sensaciones labiales, vendrían los buñuelos y la avena para amenizar el fin
de la engalanada noche. Todo vuelve a la normalidad, el ruido de los motores,
el gas natural, las luces de una navidad mojada, la universidad cómo no. Lo
rojo de la estación del museo del oro y la sonrisita que sentencia el final. Un
poco triste pero más feliz que los demás.
Gracias a Radiónica por salvar mi mundo y el de tantos
otros, a señal Colombia y por supuesto a los grandes animalillos que supieron hacerle el amor a sus instrumentos
para darnos la alegría sonora que se merece el mundo.
Sebastián Vélez A.
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