jueves, 13 de diciembre de 2012

Bogotá y su swin romanticón

Eran las 6 am pasadas, Bogotá, como siempre se despertaba con el inmundo ruido de las ballenas de metal que cubren la ruta Fontibón-Germania y  entristecen los cielos azules y frondosos de la capital. Mientras iba bajando un puente miraba las caras de aquellos que, como yo, adoran la buena música, salvan su mundo y purifican las mañanas, tardes y noches llenas de smog. Sería la primera vez que los vería en vivo después de más de un año y medio sanándome con ellos. Estaba feliz pues a mis manos llegaron unas manillas azuladas como la mañana de ese martes.
Una noche más pasaba, los gritos grises de LA CIUDAD se intentaban apagar de nuevo, amanecía un miércoles que parecería ser la cima de la semana, la mitad de la gloria. Pequeñas gotas que se convirtieron en un ejército estrepitoso de lluvia escupían sobre  las calles el aroma  del jazz, cumbia y ritmos colombianos.  Mi salida de la universidad hacia el teatro de los sueños fue algo agitada, pues nada se compara a la dualidad que provoca el ir perdiendo el semestre con la sabrosura del calor que emana un contrabajo, unos tambores y las vibraciones de los bigotes de la señora guitarra. Me dispuse a bajar el barrio la macarena, donde está localizada mi universidad, “a toda mecha” y asesinar la distancia ante las inmensas casi 15 cuadras que me separaban de oniria. Corrían suavemente las 4 de la tardecita y después de ser bendecido hídricamente por el padre cielo, me introduje en los ojos de la única persona con la que quisiera estar en este día, la chica de medias rojas y camisa de ratona con queso holandés. MARÍA DAME UN BESO, le dije y sus labios mordieron mis dientes y susurraron al viento acordes de bolero: SABOR A MI.
Entramos. Por fin, las luces parecían desvanecerse en un impresionante destello armonioso en el cual todo el mundo se había confabulado  para hacer de la televisión y  radió pública la perfecta  receta para los miércoles lluviosos. La noche empezó antes de los esperando, las 7 pm gritaban de celos pues a su antecesor, las 6, habían elegido para abrir el mundo de la música a nuestros sentidos. Un grupo de 9 seres aparecieron en escenario y voltearon todo. Por un momento me olvide de la universidad, del calvo profesor que me sentencio a repetir geología, de los transmilenios  y  aquellos blackberrilleros que atacan a cada centímetro cuadrado. Solo estaba María, agarrada a mis brazos y yo, agarrado al sombrero de aquella tienda que todos cantan. No hay nada que envidiarle al resto del mundo, se sabe que en Colombia los ritmos nacen con amor y pasión, se podría decir que el jazz se invento en estas cordilleras donde la única escapatoria  de los problemas que como colombianos nos toco padecer  es la música, sí, esa que suena en lo más hondo de las vertebras, de los insectos y plantas de cada humano, la conexión con la pacha-mama. Una de las mejores  muestras artísticas que he presenciado a mis 20 años de existencia, esencia. Qué importaba que bailara mal, que tuviera el mal sabor del rolo, si venía del corazón del HURACÁN, qué importa si los coros en un francés paupérrimo inundaran el lugar, pues venían del alma, del vibrato que causa el mesié.
Los hilos crespos que componen mi cabello flotaban cansados de tanto danzar e impregnaban el aire de santísimas sensaciones. María me dio un beso y agradeció con un abrazo el momento, el haber amado esa noche, yo le respondo y sé que esto no hubiese sido perfecto sin ella. Todo acabo, quedaron fotografías  plasmadas en el aparatejo al que llamo teléfono celular.

La noche se agrieta, la chica de medias rojas: María, y yo, de cabello semi húmedo y chaqueta azul nos alejamos dibujando la carrera séptima  a nuestros pies, las palabras nos inundan y envuelven nuestras manos en enmarañadas sensaciones labiales, vendrían  los buñuelos y la avena para amenizar el fin de la engalanada noche. Todo vuelve a la normalidad, el ruido de los motores, el gas natural, las luces de una navidad mojada, la universidad cómo no. Lo rojo de la estación del museo del oro y la sonrisita que sentencia el final. Un poco triste pero más feliz que los demás.

Gracias a Radiónica por salvar mi mundo y el de tantos otros, a señal Colombia y por supuesto a los grandes animalillos que  supieron hacerle el amor a sus instrumentos para darnos la alegría sonora que se merece el mundo.  






Sebastián Vélez  A.

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