Cielo Cundiboyacense, y los ancestros muiscas; Zipaquirá, Ubaté, Chiquinquirá y Villa de Leyva, cuidando las rutas de los hijos de Bogotá que rompiendo la carretera intentaban desnudarse de las monotonías para embriagarse con todo el poder del samba, y el retumbar de las percusiones, que retumban en cada de sus células.
Callecitas empedradas, injustas y asesinas de pies para algunos o belleza colonial para otros.
Las carpas se elevaron, hogares provisionales que albergarían la efusividad que se produjo en aquel pueblo custodiado de enormes gigantes verdes y montañosos.
Qué importaba la dualidad y bipolaridad del clima, qué importaba ser yo el intruso en ese juego de tambores y bailes. La lluvia se cernía sobre la ciudad y su plaza, un aguacero que quería detener toda expresión cultural junto con aquellos "dueños" del pueblo y sus peones, los agentes de traje verde brillante vomitivo;agentes de policía, a-gentes, Sin gente, no son gente.
En un pequeño recinto fue el principio para la fiesta, los hijos de Bogotá salían a destruir estereotipos y reglas de prohibición, salían a convertir el pueblo en una villa musical y eufórica, convertir los ánimas exacerbados en muelles verdeamarelos donde la tormenta del samba atracara.
Aquellos ritmos y sonidos retumbantes hacían caer en la cuenta que esta es la única salida,la única puerta abierta en un salón de muchas puertas cerradas, la escapatoria de la realidad, aquella realidad injusta y arbitraría. Las gotas de agua bailando en cada parche de cada Zurdo hacían pensar que la música no se creó ni en Brasil, ni en Colombia, se creó en el mundo y no era más que el aliciente suficiente para saber que nunca callarán el retumbar de los pies y los tambores, las expresiones de cada uno de estos seres que junto con sus baquetas, manos y cuerpos gritaban al mundo todas las dolencias que como humanos tocó padecer. Cada centimetro de la dermis se confundía con el palpitar del corazón que, unido por un corto hilo, rebotaba en cada instrumento y así mismo, como una tela de araña, se unía con cada habitante, cada espectador que extasiado por el buen arte dejaba que sus mejillas y sus medias se dejaran guiar por la caída de las gotas que caían desde un cielo donde un dios absorto y desocupado moría de la colera ante tanta magnificencia.Dios a fin de cuentas, ese aburrido privilegio que le tocó; la perfección, que le impedía disfrutar de esta imprefección humana.
La perpetuidad del momento se notaba a cada paso, solo palabras de agradecimiento y felicidad, intentando describir sentires infinitos con palabras finitas. Otra vez los dioses del guarapo se adueñaban de las gargantas, cebada y licor fuerte, de anís, lideraban la noche.
Las velitas del tan característico siete de diciembre alumbraban en su honor, el samba se escuchó en el aire con cada estallido de polvora desde la plaza.
Lo que siguió fueron momentos de excitación post-toque, alegrías, brindis y sueños cumplidos.
Al final, no importó cuantas botellas y cajas vacías adornaban el recinto, cuantos guayabos se afrontaron, solo importaba la mañana que llegaba con un sol que buscaba cada carpa donde se refugiaba del absurdo frío cada criaturilla hija de Bogotá, el sol agradecido con ellos por devolverle su reinado sobre una tierra que suda día a día su supervivencia en un absurdo mundo salvaje donde los últimos gritos de la moda no dejan de ensordecer las tradiciones de la papa y el guaro, la ruana y el amor a la tierra. "Vientos de libertad sangre combativa"
Otra vez en carretera, aquel aparatejo de cuatro ruedas regresando a la realidad, masticando cada pedazo de asfalto a su paso y dejando sueños aún por cumplir, pues un sueño cumplido es un deseo ya muerto, sin sentido, sin vida.
Los Filhos de Bacatá volvían a casa, a su madre.
Gracias a cada uno por recibirme y dejarme mirar desde el exterior esa gran familia, por bendecirme con los poderes metafísicos del guarapo y demás bebidas alcohólicas.
Gracias por recibirme en "Batacálandia"
AH! COMO É QUE É! FILHOS DE BACATÁ!
Ahora cambio litros de alcohol por litros de tinta.
Sebastián Vélez Aponte.




